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Luna de agosto

Por favor...

 Estaba convencida que no leía nadie.

Ante las pequeñas quejas por el temita de la vanidad aunque no aparezcan entre los comentarios. La luna aclara:

María Zambrano, literatura y vanidad

por Ana Pérez Cañamares

"Vanidad es, pues, buscar riquezas perecederas y esperar en ellas. También es vanidad desear honras y ensalzarse vanamente. Vanidad es desear larga vida y no cuidar que sea buena. Vanidad es amar lo que tan presto se pasó y no buscar con solicitud el gozo perdurable". 

Imitación de Cristo (1,1,4).

 

Soy vanidosa. Partamos de aquí. Me gusta ver mi nombre en una portada, o encabezando un texto. "Esa soy yo", pienso. Me gustan las críticas favorables, de amigos y desconocidos; cuando las oigo, intento disimular el calorcillo que siento por dentro, aunque a veces, si pudiera, me daría un abrazo, o unas palmaditas en la espalda. Como una mamá interna, que me premiara las buenas notas.

No es cuestión de negar la vanidad, que, como me recuerda una amiga, sirve a menudo de aliciente, estímulo, empujón, (hasta de consuelo en un mundo que no pone fácil desarrollar la creatividad). Lo que intento es saber dónde ponerle un límite, puesto que hay espacios en los que no puede entrar sin contaminarlos, empobrecerlos, enfermar lo que habita en ellos. A estas alturas, sé que no es lo mismo escribir para la galería (cosa necesaria, quizás, para algunos que han hecho de la escritura su modo de subsistencia) que escribir haciendo de este hecho una forma de conocimiento. Pero sé también que los límites son ambiguos, que la vanidad y el reconocimiento son una tentación demasiado fuerte, que el ejercicio de conciencia que exige frenarlos es a menudo muy exigente. La vanidad es una droga social, la escritura de autoconocimiento. Y como todas las droas, sus usos, exigencias, riesgos y recompensas son diferentes y merecen tenerse muy en cuenta.

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